Pío XI escribió: “¿No es verdad acaso que en esta forma de devoción está
contenida la suma de toda la religión y con ella una norma de vida más
perfecta? En efecto, más fácilmente conduce a las almas a conocer íntimamente a
Cristo y las impulsa a amarle con más vehemencia y a imitarle con mayor
eficacia” (Miserentissimus).
La verdadera devoción al Corazón de Jesús
es una norma directiva de vida, una nueva concepción de la vida y del mundo.
Compromete la vida entera de un católico.
Todo lo que sucede durante el día se mira
con ojos puramente humanos, nos preocupa únicamente aquello que puede poner en
peligro nuestra vida y la propia comodidad. De cuando en cuando, aun en este
mundo tan interesado, los hombres se acuerdan de Dios. Quizás van a Misa, por
unos instantes viven la vida sobrenatural, pero bien pronto vuelven a la vida
mundana. Vivimos demasiado esclavos de nuestros trabajos. Dios está muy lejano
en el Cielo. Pensamos y recurrimos a Él solo alguna vez para pedirle salud y el
éxito de nuestras cosas. El mayor peligro del momento presente es la separación
entre la religión y la vida.
Respecto al pecado, muchos católicos lo
consideran solo como una simple transgresión de una ley impuesta por Dios y que
oprime. Dios queda siempre fuera, demasiado alejado para poder
alcanzarlo.
En el mundo que acabamos de describir
aparece la devoción al Corazón de Cristo como un resplandor que ilumina y nos
muestra el verdadero significado de las cosas. Cualquier acción moral tiene un
significado más profundo, no podemos bromear con nuestra vida… “Todo es una operación
en el Corazón de Cristo”.
Es como la visión que tuvieron los
Apóstoles cuando estaban en el Cenáculo con las puertas cerradas, así como el
mundo está inmerso en el materialismo, y como quizás vivimos nosotros cerrados
en una mezquina observancia de las leyes de Dios y de la Iglesia. De
improvisto, Jesucristo aparece en medio de ellos y con su presencia les dice:
“¿Por qué me habéis olvidado? ¿No sabíais que estoy vivo? ¿Por qué me
considerabais muerto? Aún tengo parte en vuestras vidas. Estoy vivo: mirad mis
manos y mi Corazón.
De esta luz y de esta visión se iniciará
un género de vida nuevo para nosotros. En realidad, para el alma en este mundo
no existe otra cosa que ella misma y Jesús; las otras almas y todas las demás
cosas existentes debe considerarlas únicamente a través de Jesucristo y en
cuanto la conduzcan a El.
Esta devoción se resume en lo siguiente:
Cristo me ama ahora y goza y sufre ahora.
Devoción al Corazón de Jesús significa
dar a Cristo el puesto que le corresponde en el mundo y en nuestra vida. Él no
puede ser sustituido y continúa reclamando de nosotros un amor absoluto como lo
exigía en su vida.
El catolicismo, consiste no sólo en
evitar el pecado, sino en un diálogo continuo con una persona viva: Jesucristo.
Cuanto más perfecto sea un católico, tanto más profunda será esta actitud de
humilde atención a Cristo que habla constantemente, ya sea directa o
indirectamente.
Este concepto de la vida nos muestra que
todo proviene de Jesús que nos ama, no solo nos amó en su vida mortal hasta
derramar su sangre por nosotros, sino que, hoy y ahora, piensa
continuamente en nosotros. Es Él quien, en cada momento, escoge y envía las
gracias que cada uno de nosotros recibe.
Nuestras acciones son o un gozo o una
verdadera herida para el Corazón de Cristo. No solo porque en su vida mortal Él
las vio todas y fueron causa de alegría o de dolor, sino porque también
actualmente Jesucristo las siente. Todo pecado es un sufrimiento terrible para
su Corazón.
Si somos conscientes de esto, ¿cuál
debería ser nuestra respuesta?