Jesucristo ofreció
en la Cruz una expiación infinita. Esta expiación no quita que también nosotros
debamos satisfacer, así como sus méritos no suprimen los nuestros ni nuestras
buenas acciones.
Esta unión se da ya
en un alma que participa de la vida de Cristo, en la vida de la gracia. Pero
tal unión es más perfecta cuando se hace explícita uniendo nuestra reparación a
la suya, nuestro sacrificio al suyo, que se renueva en modo incruento sobre el
altar.
En la Iglesia, en
efecto, no sólo la piedra fundamental es fruto del sacrificio; cada una de las
piedras que la forman es símbolo de un nuevo sacrificio. “Acercándonos a Él,
piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios,
también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa
espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales
agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe 2, 4-5). Los sacrificios más
generosos vienen a formar las joyas y piedras preciosas más cercanas al
tabernáculo de Cristo.
Nosotros podemos
ofrecer nuestro sacrificio y el de Cristo, y Cristo ofrece el suyo y el
nuestro. De este modo el sacrificio nos une; nos fundimos uno y otro. La
culminación de esta función unitiva del sacrificio se logra después, en la
Comunión, cuando Él viene a nosotros para permanecer en nuestro corazón y
transformarnos en Él.
Este mártir en su
participación en la Misa presenta el sacrificio de Cristo, al cual une la
pequeña gota de agua de su martirio. Cada Misa representa, además, la ofrenda
incruenta del día, o sea, del propio martirio diario, del propio testimonio
diario de la caridad de Cristo. Una vez sale de ella comienza la realidad
sangrante de cuanto hemos ofrecido junto con el sacerdote de modo incruento.
En la Misa no
ofrecemos nuestras cosas, sino a nosotros mismos como víctimas a Él, y esta
víctima será sacrificada durante el día. El sacerdote nos da la bendición en
forma de Cruz, y nosotros la aceptamos repitiendo sobre nosotros el mismo
signo. Ahora comienza el sacrificio cruento. Vivámoslo unido ya, con la
voluntad, al de Cristo.