MODELO DE
NUESTRA CONSAGRACIÓN
La Virgen, desde su concepción destinada a ser Madre de Dios, era objeto de un
amor de predilección de parte de Dios que no podemos concebir. Ella lo sentía
y, como era un alma creada Inmaculada, era un alma que tendía a Dios con toda
la sublimidad y sencillez de la tendencia total, con un amor exclusivo.
Esto también
sucede, aunque no con el mismo grado, en muchas almas que ha escogido desde
pequeñas para que su corazón no sea para ningún otro.
La Virgen se
sentía toda atraída a Dios y le amaba tanto que ni siquiera reflexionaba en si
amaba a Dios. Y así, como un lirio abierto hacia Dios, se ofrece durante toda
su vida, con sencillez, sin compararse con los demás.
Así estaba
la Virgen, y es curioso, le da el instinto de ser virgen para que sea madre. La
maternidad brota de la virginidad, de ese amor exclusivo a Dios. Y cuando la ve
tan hermosa, abierta hacia sí, el Verbo se inclina hacia la Virgen. Es el
momento de la Encarnación.
Esta
consagración de María a Dios, que Ella mantuvo siempre, se realiza de nuevo en
el momento en el que tiene entre sus brazos al Hijo de Dios recién nacido. Allí
lo tiene, y la Virgen lo adora, con una adoración profunda, como nunca el Verbo
fue adorado antes. Y así, en silencio se consagra a Él y sin duda le diría:
“Jesús, mis ojos sólo para mirarte; véante mis ojos, pues eres lumbre de ellos
y sólo para Ti quiero tenerlos, sólo para Ti. Mis labios para besarte. Mis
manos para cuidarte. Mi corazón para amarte…”. En Jesús veía y gustaba al Verbo
Encarnado, palpando a través de la Humanidad de Cristo la dulzura de la
Divinidad.
Esta era la
vida de la Virgen, la consagración de María al Verbo, su consagración a Jesús.
Supremo ideal de nuestra consagración. Han de surgir en el mundo personas que
se consagren como Ella, cuyos ojos sean sólo para mirarle, cuyos labios sean
sólo para besarle, cuyas manos sean sólo para cuidarle, cuyo corazón sea sólo
para amarle.
¿Qué oficio
realiza María como Madre del Verbo? María acogió en su seno la palabra de Dios,
la fomentó y nos la dio. Cuando le dijeron a Jesús “Mira, que están ahí fuera
tu madre y tus hermanos”, Él respondió: “¿Quién es mi madre y quienes son mis
hermanos? El que hace la voluntad de mi Padre, ése es mi madre, y mi hermano y
mi hermana”. María es Madre de Cristo porque hizo la voluntad del Padre,
es decir, porque recogió en su corazón el Verbo de Dios y lo fomentó en su
corazón y nos lo dio encarnado.
La Iglesia
tiene tanto aprecio de la virginidad, porque es la que hace Madre de Cristo, es
la que hace que Jesucristo sea engendrado en las almas. Y ¿cómo podemos
nosotros engendrar a Cristo en nosotros y en los demás? Por nuestra virginidad,
por nuestra consagración total a Él.
Recibiendo su palabra: Tenemos que estar atentos para recibir la
palabra de Cristo, acogerla. Bienaventurados los que, una vez que la han
recibido, la ponen por obra y la llevan a buen fruto.
Fomentando la palabra de Dios: La Santísima Virgen oía las palabras de
Jesús, las meditaba y las guardaba en su corazón. Una vez acogida hay que
fomentarla por la meditación, que es reflexionar sobre la palabra de Dios para
que el corazón se penetre de ella. Dios nos llega sensiblemente a nosotros por
el Evangelio, por los acontecimientos providenciales, por la doctrina de la
Iglesia. Al meditar la palabra de Dios la sentiremos internamente, y al
sentirla y ser invadido por ella, Jesucristo se formará en nuestro corazón.
En nuestra
vida de trato con las almas, procuremos sinceramente que todas las almas
confiadas a nosotros aprendan de nosotros a amar a Cristo. Imitar a la Santísima
Virgen siendo custodios del amor de Cristo.