Una vez tomada conciencia del amor que nos tiene Jesucristo, del efecto que le causan nuestros actos y en justa correspondencia a todos los bienes y gracias que nos da, debería de surgir en nosotros un deseo de conformar nuestra voluntad con la suya y de tratar de no hacer nada que pudiera hacerle sufrir. Aprovechar todas las ocasiones para corresponder a su amor por nosotros.
Para esto es necesario considerar a
Jesucristo como una persona viva, tener un trato personal con Él durante las
ocupaciones del día. Él tiene unos planes sobre nosotros, y no concebimos ni
remotamente su grandeza. Nuestros planes obstaculizan los suyos.
CONSAGRACIÓN es ponerse totalmente a disposición de
Cristo, renunciar a nuestros propios designios, abandonarse en cuerpo y alma en
sus manos. En este acto tomamos toda nuestra vida pasada, nosotros mismos tal y
como somos a causa de nuestro pasado, y la vida del momento actual para ofrecerla
a Cristo, decididos a dirigir nuestro futuro según sus disposiciones.
También significa quitar todos los obstáculos
que le impiden darse a nosotros. Toma posesión de nosotros para transformarnos
en Él y así poder actuar a través nuestro. Si Él está en nosotros, esa
presencia se traslucirá involuntariamente al exterior en la manera de obrar, en
los gestos, etc… se manifestará que Él reina en nosotros.
Hemos de actuar como actuó Él; no vino a este
mundo para hacer su voluntad, sino la voluntad del Padre. Y esto no lo hizo por
pura sumisión, sino por amor.
LA REPARACIÓN es ese deseo de compensar, en lo poco que
podemos, por el daño que el pecado le produce al Corazón de Jesús.
Vistas las consecuencias de nuestros pecados
y las de los demás hombres, ha de surgir en nosotros el deseo de evitarlo; y en
el caso de caer en él, puesto que nuestra naturaleza es muy frágil y caeremos
más o menos frecuentemente, el deseo de reparar por el daño que hemos causado.
Si sabemos el dolor que causamos a Cristo por nuestras malas acciones y
nuestros deseos desordenados, debería de dolernos el hacerle sufrir después de
todo el bien que nos hace y la ingratitud de nuestra respuesta al amor que en
todo momento nos demuestra.
Si de verdad le amamos, también nos ha de doler el daño que le causan los pecados de todos los hombres. Hemos de consolar a Cristo ofendido por tantas ingratitudes y desprecios.
Si de verdad le amamos, también nos ha de doler el daño que le causan los pecados de todos los hombres. Hemos de consolar a Cristo ofendido por tantas ingratitudes y desprecios.
También, nuestra unión a Él, nos hace entrar
en los sentimientos de su Corazón. Podremos comprobar que su gran pasión son
sus hermanos los hombres y el daño que le causa el que estos vivan en una vida
de pecado alejados de Él. Estos sentimientos hemos de hacerlos nuestros y, por
lo tanto, también tiene que brotar en nosotros esa misma pasión por nuestros
hermanos y el dolor de su lejanía.
En primer lugar hemos de pedir perdón por
nuestros pecados ofreciendo una satisfacción por el dolor causado (expiación),
ya sea con oraciones, sacrificios, mortificaciones o haciendo alguna obra de
misericordia. Otra forma de reparar muy efectiva es ofrecer los sufrimientos
que nos puedan venir en la vida (disgustos, enfermedades, etc…) por estas
mismas intenciones. Si amamos a alguien, lo primero que trataremos de hacer es
no herirle. Por lo tanto, hemos de tratar de cumplir con suma delicadeza los
mandamientos.
También, si de verdad hemos entrado en los
sentimientos de Cristo, hemos de ofrecer continuamente oraciones y sacrificios
en reparación por los pecados de los demás hombres y por su conversión, tal y
como lo hizo Él por nosotros.
En todo momento trataremos de hacer lo que Él
quiera de nosotros, le ofreceremos toda nuestra vida para vivir a su servicio.
La reparación lleva a la consagración y la consagración, por la unión a Él y
por tanto a los sentimientos de su Corazón, a la reparación. Son inseparables.
