LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR: EL REINADO DEL CORAZÓN DE CRISTO
El acto redentor de Jesucristo en la cruz desemboca en el reinado de Cristo glorioso. Jesucristo es constituido Señor y Rey por su inmolación y glorificación. La nueva creación es su reinado de amor.
Pilatos pregunta:
“¿Tú eres Rey?” Y Jesús contesta: “Mi reino no es de este mundo.” Con estas
palabras Jesús matiza la calidad de su reino. Su reino, siendo verdadero, no es
a la manera de los reinos terrestres. Pero es verdadero y, por lo tanto, ha de
realizarse en este mundo.
Jesucristo no nos
ha redimido de manera estrictamente individual, sino que ha redimido a la
humanidad entera y a cada uno de nosotros miembros de la humanidad y en
relación con ella. La Salvación hay que entenderla como salvación universal de
la humanidad, y por cierto ya desde este mundo. Es una transformación de la
humanidad sobre la tierra en una nueva humanidad salvada por Cristo, es la nueva
creación en la que consiste su Reino.
Este Reino de
Cristo se ha de establecer no por la fuerza o por la violencia, sino a través
de la transformación de los corazones, que luego se expresen y se irradien en
la vida y en la sociedad. Nuestra gran tarea es la de mostrar al mundo que en
el Corazón de Jesús encontrará la solución de los males que le torturan y el
cumplimiento de los anhelos que arden en su pecho. El mundo, sin saberlo, está
anhelando el reinado del Corazón de Cristo, porque está anhelando la
civilización del amor.
En el mundo hay
muchas estructuras injustas, que se deben cambiar. Son injustas por el corazón
del hombre que las monta y las mantiene, y esa injusticia no se remedia por el
simple cambio de unas por otras. Porque si no se cambia el corazón, las nuevas
estructuras serán fruto de nuevo del corazón injusto y malvado. La enfermedad
del mundo está en su corazón, es de piedra, materialista, egoísta. Por eso se
inclina a fundar la sociedad sobre las riquezas, sobre el odio, sobre las luchas,
y quien aumenta el odio aumenta el reinado del mal.
El ideal es el
establecimiento de un mundo nuevo, de una creación nueva que adquiera sus
matices a la luz del Corazón de Cristo. El mundo necesita curación y el remedio
lo tiene el Corazón de Cristo por el que se establecerá la civilización de su
amor.
La expresión
“civilización del amor” la acuñó Pablo VI y Juan Pablo II la acogió y la hizo
suya, convirtiéndola en programa de acción. Él destacó en múltiples ocasiones
sus elementos:
a)
La experiencia de un mundo sin corazón: Hay medios materiales para remediar
muchos males del mundo, pero falta ese medio principal que se llama corazón humano,
que constituye el centro impulsor de la fraternidad y que nos ha traído Jesús
con su Corazón.
b)
Evangelizar a ese mundo que anhela el Corazón de Cristo. Nuestro celo
apostólico, que brota de la entrega reparadora al Corazón de Jesús, debe
dirigirse a localizar y detectar la sed que de hecho hay en el hombre, aunque
no sentida como tal. Es la nueva evangelización, el hombre se hace hombre a
través del corazón.
c)
Trabajar por el establecimiento de la civilización del amor. Así describía Juan
Pablo II esa civilización:
“Es una sociedad en
la que el trabajo serio, la honradez, el espíritu de participación en todos los
órdenes y niveles, la actuación de la justicia y de la caridad, sean una
realidad. Una sociedad que lleve el sello de los valores cristianos como el
factor más fuerte de cohesión social y la mejor garantía de su futuro.
Un armonioso vivir
juntos que elimine las barreras de la unidad nacional y constituya el marco del
desarrollo de la región y del progreso humano.
Una sociedad en que
estén a salvo y custodiados los derechos fundamentales de la persona, así como
las libertades civiles y los derechos sociales, con plena libertad y
responsabilidad, y en la que se emulen mutuamente en el noble servicio del país
cumpliendo así su vocación humana y cristiana. Una emulación que se proyecte al
servicio de los más pobres y de los más necesitados en el campo y las ciudades.
Una sociedad que avance en una atmósfera de paz y de armonía…”
Y a todos exhortaba
a trabajar por ella sin desanimarse, a pesar de los graves obstáculos.
d)
La pieza clave: la
transformación de los corazones. Esta transformación no es obra humana, es
fruto de la redención de Cristo y se realiza a través de la expiación del
pecado y la adhesión al Corazón de Jesucristo.
“Frente al Corazón
de Cristo aprende el corazón del hombre a conocer el verdadero y único sentido de
su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente
cristiana, a preservarse de algunas perversiones del corazón humano y a unir el
amor filial hacia Dios con el amor hacia el prójimo. Así, y es la verdadera
reparación que pedía el Corazón del Salvador, sobre las ruinas que han
acumulado el odio y la violencia, podrá levantarse la tan deseada civilización
del Amor, el reino del Corazón de Cristo”.
El principio
fundamental de la civilización del amor está en el corazón humano transformado
desde la fuente de vida del Corazón de Cristo y participando de él. Y todo
corazón que ama a Jesucristo y sintoniza con su Corazón tiene que anhelar el
establecimiento del reino de su amor, la civilización del amor.
Pero la acción
constructiva del reino de Cristo no es la simple técnica o la simple acción,
sino la que brota de un corazón bueno con
la bondad nueva de Cristo. Es la expresión de un corazón que se entrega y
ofrece, y esto es fruto del Espíritu Santo.
Por otra parte,
donde hay un corazón que se da a Cristo y a los hombres, que se ofrece personalmente
en fuerza del sacerdocio recibido en el bautismo, entonces toda la vida de ese
hombre es fecunda y constructora de la civilización del amor. Claro está que si
ese ofrecimiento es verdadero y el hombre se entrega de veras por la salvación
del mundo y para reparar su pecado en orden al establecimiento del reinado del
Corazón de Cristo, pondrá cuantos medios estén a su alcance para edificar
también activamente, según sus posibilidades y vocación, la civilización del
amor.
En resumen: Nuestra
actitud ha de ser la entrega personal, reparadora, de la persona y de la vida
al Corazón de Jesús por medio de María, para cumplir fielmente la voluntad de
Dios y establecer el reino del Corazón de Cristo, la civilización del amor.